domingo, 25 de mayo de 2008

Entrevista con Eduardo García (II)

¿ Y es verdad que le gustan los libros? ¿ Es verdad que se ha leído mas de 500 libros?


¡Cómoooo? Más de 500 libros no, ¡miles! ¡Si tengo unos 4.000 libros en mi casa! Pero claro, no me los he leído todos. Y mi mujer también lee lo suyo. No es nada extraño, tengo 42 años. He tenido mucho tiempo para leer. Lo raro sería que a tu edad te hubieras leído mas de 500. Serían muchos, la verdad. A la mía son pocos, francamente pocos.

He querido ser escritor y profesor de filosofía ¿no? Pues tendré que leer libros, ¿verdad? ¿Os sorprende que un músico haya escuchado cientos o miles de discos? ¿A que no? ¡Cómo te va a extrañar que un escritor haya leído miles de libros! No todos son tarugos de 1000 páginas, ni mucho menos. Un libro de poesía puedo tardar una hora, hora y media en leerlo. No es para morirse. Lo que se tarda en ver una película. Es curioso, os parecen cifras sorprendentes...
A los que les gusta el fútbol ¿cuántos partidos pueden ver? Miles.
Pero si tu afición no es ver partidos de fútbol sino leer libros, no es extraño que al cabo de los años hayas leído miles de libros. Nada más natural.
Ahora mismo mi problema es que mis libros me echan de casa. No tengo dónde ponerlos. Ya a lo que me estoy dedicando es a regalar, a donar libros a bibliotecas, para poder meter otros nuevos, porque no me caben.
Tampoco tengo todo lleno de libros. No veo la razón de ver el salón y el pasillo lleno de libros. Todo libros no, también busco tener espacio para colgar un cuadro, no sé, no vivo en un palacio. Si tuviera un palacio no tendría este problema. Se van acumulando, y se convierten en un problema. O si no decídselo a los de la mudanza cuando van a cargarlos.


¿Qué es lo mejor de ser profesor?


Nosotros absorbemos parte de vuestra energía y nos agotáis también, claro, acabáis con nosotros. La energía a vosotros os sobra, sois muy jóvenes, y a la vez, es curioso, yo también me llevo parte de vuestra energía a casa. Es una de las grandes virtudes de esta profesión.



¿Qué piensa usted cuando ve a los alumnos por los pasillos
pegando voces, hablando de una forma no correcta y todas esas cosas?


¿Qué pienso yo de eso?. Siempre me lo planteo de manera autocrítica. Me pregunto qué hemos hecho los adultos para que este muchacho no haya aprendido que esto no lo puede hacer, que no podrá hacer eso cuando salga de aquí. Vamos a ver, ¡yo no puedo cambiar a la persona! Pero puedo cambiar yo. Lo importante es qué puedo hacer para hacerle bien a ese muchacho y que se de cuenta de que con esa actitud en un trabajo no aguanta ni dos dias, en la familia tendrá conflictos constantemente. Que se dé cuenta que va a ser infeliz. El tema es ése, la cuestión no es imponerle disciplina, sino hacerle comprender que controlar los impulsos en público es necesario para vivir bien, para convivir. Si lo aprendes antes, mejor. Si lo aprendes después, pues bueno, siempre hay esperanza de que las personas cambien.

Entonces pienso en lo que podemos realizar los profesionales para darle a entender a ese muchacho que actuando así es menos persona, que la violencia es un mal para él mismo tanto como para los demás. La violencia es nuestro peor enemigo. Eso es lo que me puede doler más ¿no?
Si un chiquillo pega una voz, pues es un chiquillo, ¡ya aprenderá! Mi papel como profesor es decirle que no lo haga, pero no le vamos a poner una pistola en la cabeza. Un niño es un niño, y un adolescente no es ni niño ni adulto exactamente. En ese camino de la vida tendrá que ir aprendiendo. Todos hemos sido de niños unos pequeños salvajes, pero hemos aprendido a controlar la violencia, nos hemos hecho adultos. Prefiero un país donde la gente se controla, aprende a dialogar, a resolver los conflictos con palabras, que uno en el que todo vale. La ley de la selva es lo contrario de la civilización. Nadie gana; todos pierden.